Parecíamos tontos, bajitos y tontos. Un día era una mocosa de diecisiete años que se ganaba unas perras dando clases particulares. La chica golpeaba el boli sobre la mesa y reclamaba nuestra atención. Se sentía mayor, profesora, ebria por la autoridad del cargo. “Si no lo habéis entendido no pasa nada, vamos a estar aquí hasta que lo entendáis, pero estad atentos, por favor”. Entonces se inclinaba y zas. Otro día era una amiga volteada por las olas. Y otro la novia de un tío, o de un primo, o de un vecino, todas inclinándose demasiado, inclinándose lo suficiente. Siempre se escapan pechos en verano. Y siempre hay un chaval bajito tomando nota, con pinta de tonto y ojos de viejo.

Parecíamos tontos, bajitos y tontos. Un día era una mocosa de diecisiete años que se ganaba unas perras dando clases particulares. La chica golpeaba el boli sobre la mesa y reclamaba nuestra atención. Se sentía mayor, profesora, ebria por la autoridad del cargo. “Si no lo habéis entendido no pasa nada, vamos a estar aquí hasta que lo entendáis, pero estad atentos, por favor”. Entonces se inclinaba y zas. Otro día era una amiga volteada por las olas. Y otro la novia de un tío, o de un primo, o de un vecino, todas inclinándose demasiado, inclinándose lo suficiente. Siempre se escapan pechos en verano. Y siempre hay un chaval bajito tomando nota, con pinta de tonto y ojos de viejo.